martes, octubre 17, 2006

LA SIGNIFICACIÓN DE LA POESÍA

A propósito de la presentación de “Pizzicato labio” de Luis Boceli

En primer lugar, hemos querido conocer lo que ya podíamos practicar desde miles de años atrás (el lenguaje) y, de este modo, se crearon los mitos, las creencias, la filosofía, las ciencias del lenguaje. Todo conocimiento trae consigo un símbolo (signo del conocimiento propio). El universo mismo, como bien lo dicen desde hace mucho tiempo los semióticos, es un conjunto incalificable de signos. Todo representa algo. Hace las veces de algo que no sabemos qué es pero que nos atrevemos a diferenciar del resto de la realidad, que logramos abarcar por medio de nuestros sentidos, a través de un nombre. El lenguaje es, esencialmente, la manera cómo representamos el mundo que nos rodea por medio de palabras, gestos, colores, etc.
La poesía en sí misma es quizá la manera más compleja y escabrosa de contemplar y participar de la realidad circundante y de todos los desvíos interiores que esto implica en el médium, poeta o persona cualquiera que se identifica con la resonancia de las palabras; ya que para lograr construirnos por medio de éstas es necesario destruirnos, primero, como seres comunes y corrientes, existencialmente hablando. Quien escribe se aleja de sí mismo, del ser que lo deshabita y pasa a formar parte de un acto ligado a lo impuro, he ahí lo escabroso: el poeta quiere ser el dios que no logra concebir o atrapar por medio de los sentidos, sin imaginar que en verdad es sólo un simple objeto del lenguaje, más que una raíz principal es un medio entre la naturaleza y su significación. El dios es el: se llama lenguaje, poesía ingrávida, que sin embargo transita por la sangre misma, haciendo que el corazón se revele y el tiempo sea sólo un cadáver que arrastrará sus sombras de horas y minutos por la eternidad más ruin y momentánea.
Eso es lo que ocurre con este libro, el tiempo es lo que menos importa o hiere, el hombre pasa de largo con sus antojos y sueños, con sus fantasmas musicales y esa sensación de soledad a partir del otro: “quiero que me recuerden como un desaprendido que aprendió entre el caos y la belleza”.
Melancolía, insatisfacción, teorías del aburrimiento y del desapego “porque el amor no es orden ni desorden”, “el amor es un violín en shock…”
Boceli, distante, alejado del ego difuso y casi miserable de su generación, sabe que la soledad no se termina por el simple hecho de bañarse en miradas de cientos de desconocidos que participan del ritual de la significación anónima, él intuye, cual Buda antiséptico, que lo primero es saber quién es el que habla para poder escucharse a sí mismo y entender a los demás: “Corto mi traje en madrugadas…” “Antes de hacerme entender/ tiendo a ser siempre yo mismo/ y no usar tijera/ ¿acaso soy peluquero?”
El desorden del mundo refleja en el personaje central un ente desarraigado, casi moribundo, pero que encuentra en una ironía diurna y melancólica, esa especie de salvación pasajera que, a pesar de no fundamentarse en ninguna antítesis provisional, acata el hecho mismo de la existencia como el eslabón que es necesario atrapar, asir violentamente para dejar de caer en eternidades de miedos y mediocres tugurios de fe, deteriorados a través de los años: “En toda casa como la tuya/ Y como la mía hay una persona/ Que usa o trata de usar el extintor/ DE PRIMEROS AUXILIOS/ Para apagar este fuego que agobia/ El caos y la belleza que nos gobierna.” Esa persona de la que habla Boceli es el poeta, él mismo difuminado en silencios de pentagrama y el cuerpo esencial de un instrumento etéreo que abraza y lo abrasa hasta dejarlo extinto de voluntad mundana. Ha ganado la palabra porque: “los que dibujan estrellas y se estrellan son poetas”, nada más acorde con la experiencia de todo creador o iniciado en esta aventura suicida que es la de escribir y desenmascarar los tumultos por medio del uso del lenguaje.
“Pizzicato Labio”, primera publicación de Boceli, es una muestra palpable y emotiva de que la poesía no ha muerto en coloquialismos pobres y usureros; “Ya no quiero ser epidermis de palabra”, he ahí lo resaltante, la cadena que enlaza el resguardo de la materia verbal. Poesía como sangre, más que como máscara o pose errónea de ser endiosado. Lo que importa no es el hombre (él es sólo el objeto del sema), sino lo que representa “eso” que hace el hombre: “Me siento dentro de mí: calcáneo, putrefacto, poroso, bruto/ cráneo a morir.” Febril, la muerte cruza el incesto de la memoria haciéndole entender que él es un ser difuso, casi inexistente. De esta manera, Boceli se abre paso entre calles y gente desconocida, cual ciego adivino, dándole nombre a su desesperanza, a sus sortilegios; encontrándose consigo paso tras paso, sin recurrir a espejos ni sombras: su destino está marcado: “¡Dejaré de jugar con las palabras ensalivadas/ y hacer, rehacer, poesía poseída!”
ENRIQUE RIOS MERCEDES
Trujillo, 21 de setiembre del 2006

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